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La Calera de Barquín, un viaje en el tiempo en el Palmar de Colón

17 de Octubre 2018 | Categoría: Destinos
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La ciudad de Colón, en Entre Ríos, tiene en el Parque Nacional El Palmar a uno de sus principales atractivos. Pero esta gigante reserva natural, resguardo de especies emblemáticas, también recibe a los viajeros con las ruinas de un pasado con rasgos jesuitas, coloniales, que aún no ha sido completamente descifrado: la “Calera de Barquín”.

Se trata de un conjunto de edificios de piedras a orillas del Río Uruguay, que fueron de propiedad de Justo José de Urquiza hasta su asesinato y que, antes, supo ser yacimiento de calizas y representa uno de los más antiguos establecimientos coloniales entrerrianos. 

El reconocimiento patrimonial de esta construcción ha logrado que trabajos de cuidado y preservación le resguarden de la erosión propia de los miles de visitantes que llegan cada año al Parque Nacional.

Ruinas con siglos de historias

Se cree que la conocida como “Calera de Barquín” data de antes del año 1700 y que no fue levantada de una sola vez, sino que tuvo por lo menos cuatro etapas de construcción en la época colonial, previo a la Revolución de Mayo. Entre los siglos XVII y XVIII, habría existido en ella una superposición de usos.

Por un lado, el Colegio Jesuítico de Santa Fe, poseedor de una extensísima franja territorial ubicada transversalmente entre el Río Paraná y el Uruguay, lo utilizaba como curtiembre para pelar cuero de vaca y, en menor medida, como calera, para extraer materiales para la construcción.

Otro de los usos que se habría superpuesto en aquellos años, era el que hacía del puerto el Cabildo Indígena de Yapeyú, a partir de un permiso otorgado por el Rey de España. Desde unas 35 estancias que tenía en el norte de la hoy vecina República Oriental del Uruguay, se trasladaba por el río, yerba, tabaco y azúcar de las misiones guaraníes hasta Buenos Aires.

A mediados del siglo XVIII, las monarquías católicas europeas expulsaron a los jesuitas de sus tierras, provocando la posterior supresión de la llamada “Compañía de Jesús”. Es en principio en 1768 cuando el Rey dispone su expulsión de la calera del palmar, la que es posteriormente ocupada por Manuel Barquín, designado por el gobierno colonial como veedor y custodio de la zona ante la proliferación del contrabando. Barquín se desenvuelve también como comerciante y compra a las Juntas de Temporalidades los derechos en un remate público.

Las informaciones rescatadas por historiadores dan cuenta de que entre 1775 y 1810, Barquín hizo uso de la calera y mantuvo una relación conflictiva con los guaraníes, que participó del Cabildo Abierto de Buenos Aires en el revolucionado de Mayo de 1810, manifestándose en favor de la Corona Española, y a partir de ahí, no existen más rastros de él. Su esposa y cuatro hijas heredaron la calera.

Las continuas guerras que sucedieron a este período, llevaron a que se interrumpiera toda la actividad productiva en el lugar. El patriota oriental José Gervasio Artigas lo ocupó entre 1811 y 1819. Años más tarde, una heredera de Barquín la recuperó y la puso a disposición de la empresa británica River Plate Agricultural Association, que se instaló por poco tiempo con 50 colonos británicos abocados al cultivo del trigo. Y luego la sociedad Arcos, Bilbao y Bragge, con el cultivo de la palmera yatay.

Años más tarde, Justo José de Urquiza le compró la calera a uno de los sucesores de Barquín, para utilizar el suelo en la cría de ganado, el comercio de cueros y el almacenamiento de vinos europeos. Tras su asesinato, fue ocupada por Ricardo López Jordán y durante la llamada Rebelión Jordanista, allí se produjo un combate al que se llamó precisamente “Calera de Barquín”.

Ya entrado el siglo XX, se utilizaba el sector como zona de pastoreo de ovejas y para la extracción de canto rodado y ripio, que se transportaba en barcos desde el mismo embarcadero. Estas actividades se sostuvieron hasta 1966, cuando dieron inicio las gestiones para la creación del Parque Nacional El Palmar, en un intento por resguardar la invaluable riqueza de palmeras yatay: especie prehistórica, predominante y característica del lugar, reconocida como una de las formaciones vegetales más antiguas del planeta.

Una historia en construcción

El origen jesuítico de la construcción no está mencionado en registros propios de la “Compañía de Jesús”, más sí en inventarios de Yapeyú que hablan de la calera y del puerto. Además, análisis de la arquitectura del lugar permitieron relacionarla directamente con las construcciones típicas jesuíticas, realizadas con mano de obra indígena en el resto del continente.

Es a fines de los años ´70 cuando empieza la investigación más fina acerca del origen de estas ruinas, con el descubrimiento que el antropólogo Jorge Fernández da a conocer en algunos artículos de investigación. En 1992 se abre oficialmente un expediente, que se sigue actualizando, mientras el paso del tiempo las ha consignado como uno de los principales recursos del Parque Nacional El Palmar.

El patrimonio que resiste al olvido

Las ruinas de la Calera de Barquín se encuentran próximas a la intendencia del Parque Nacional y a unos 600 metros al sur del camping, a orillas del Río Uruguay. Los visitantes pueden acceder, caminando a través de un sendero entre selva de galería y bosque seco; o también en auto, por un camino de dos kilómetros y medio. Frente a las ruinas, se encuentra el balneario del Parque Nacional y el siempre imponente y brillante Río Uruguay.

De la calera sobreviven dos hornos, que eran utilizados para la elaboración de cal viva, un embarcadero, tres edificios y un cementerio. Todos construidos con argamasa de cal, barro y arena, los edificios tienen aproximadamente unos cuatro metros de altura y denotan haber sido reforzados y modificados en sucesivas ocasiones, a lo largo de la historia.

Desde los ´90, se viene trabajando en el resguardo y la correcta señalética del lugar para bien de su conservación y de su exposición a los visitantes, a través del relato de guías capacitados.

Sin dudas, estas ruinas representan para el viajero, una oportunidad única de vivenciar un viaje en el tiempo por los últimos y convulsionados tres siglos y medio de nuestra historia.

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